POEMAS

  Un romance desesperado (1)


 Autor: Nadie

                      I
Ha llegado la romántica noche;                   
las estrellas, titilando en el cielo,  
acompañan a la Luna partida                           
que se postra, con señal de respeto.

                          II
Bajo la firme y negrísima cima,                    
yo reprimo todos mis sentimientos           
para no dejar salir el pasado                           
que contengo con muchísimo celo.

                         III
Sin embargo, ha llegado la noche                      
cuando mi alma se ha vestido de negro,                       
recordando con sincera tristeza                    
que me duermo sin poder darte un beso.

                         IV
El deseo desespera, consume;                        
a la noche, con nostalgia, le cuento;             
ella se obnubila con mis pesares                     
y se cubre con un cómplice velo.

                         V
Las criaturas –en la tierra, mar y aire–             
se estremecen como simples insectos          
y la Luna, de manera discreta,                  
mira la escena con sumo recelo.

                         VI
Ha llegado la romántica noche                            
y yo sigo anhelando tus besos                            
y tus manos, temblorosas y tiernas,                    
que corrían y abrazaban mi cuerpo.

                         VII
Responsables son el tiempo y el espacio       
de estos trágicos y largos momentos,            
y la noche me interrumpe sombría:             
“mi alegría se acabó, llorar quiero”.

                        VIII
Ella rompe a llorar, derramando                 
con sus lágrimas tristezas, lamentos,                 
que denuncian sin ninguna censura                   
las humanas taras del sufrimiento.

                         IX
A ningún desesperado poeta                       
e imitado escribiendo los versos               
que de mi confuso espíritu salen                      
como prueba de que no es remedo.

                         X
Impaciente, enamorado declamo                        
mi poema de origen eterno;                                    
ella sigue sollozando de pena                              
porque ya no puedo darte un beso.

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(1) Fue escrito el martes 16 de noviembre de 1999, durante la noche, y fue publicado en agosto, 2020, por primera vez, en una edición sin revisar, en la página 4 de la revista Época Socialista 1(3).

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Trilogía: Baladas

 

Autor: Nadie


I

¡Gracias, Dios mío! (1)


Gracias, muchas gracias te doy, Dios mío,
por haberme regalado los ojos
con los que admiro tu obra de hinojos.
En lo que has formado con tu aliento
está la más hermosa creatura
que con su cuerpo le dice al viento:
“Para el amor ya estoy madura”.
Ella calma con su gracia y hermosura
todos y cada uno de mis enojos,
por lo cual me postro ante ti de hinojos.

 

II

El mandato del Divino Cielo (2)


Siempre caminas con mucha tristeza
regando con tus lágrimas el suelo
como mandato del Divino Cielo.
Quise cambiar tu vida tormentosa
y darte algo de humana alegría
al arrancarle al jardín una rosa;
mas, reprochaste la mala acción mía.
Aquella tarde, demasiado fría,
pude entender porque usas negro velo
como mandato del Divino Cielo.

 

III

Dedicación (3)

            

Te prometo cuidarte como cuida
a la rosa del jardín el rosero:
“Dedicándome a ti por entero”.
Aunque vivo en este mundo oscuro
donde no abundan las cosas bellas,
no deseo salir de este apuro
prometiéndote bajar las estrellas.
Mas te ofrezco las palabras aquellas
de que lo nuestro será duradero,
dedicándome a ti por entero.

     


(1Fue escrito el jueves 13 de enero de 2000 y publicado en la página 79 de la revista Época Socialista 1(4).
(2) Fue escrito el viernes 14 de enero de 2000 y publicado en la página 79 de la revista Época Socialista 1(4).
(3) Fue escrito el sábado 15 de enero de 2000 y publicado en la página 79 de la revista Época Socialista 1(4).

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Jóvenes (1)

 

Autor: Nadie


   I

Jóvenes con esperanzas
de un mundo nuevo, muy nuevo;
caminantes y anhelantes,
subversivos de los hechos,
heréticos en los dogmas,
marginados de los tiempos,
protestantes iracundos
y ambulantes siempre tensos.

  

                         II 

Fumadores de cigarrillos,
adictos al café negro,
conversando en la mesa
llenan muchos ceniceros.
Quieren transformar el mundo
con sus ideales bellos,
con formas fuera de boga
que disgustan a los tersos.

 

                       III 

Con locos, vagos y putas
conversan todos sus sueños
y se vuelven danzarines,
danzando con pies ligeros.
Amantes de paradojas
que se muestran en los cuerpos
naturales y celestes,
buscan renovar los textos.


IV
Mezclan –¡por todos los dioses!–
en muchos de sus contextos,
a Guevara y Jesucristo;
se confunden con el pueblo
agitando causas nobles
que molestan a los viejos.
Son los jóvenes andantes
que buscan un mundo nuevo.


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Mi Salvador (1)

 

Autor: Nadie


Vives entre la vida y la muerte,
entre la bondad y la maldad;
pero tú vives, mi Salvador.
 
Son muchos los herodes que quieren
que se calle tu voz de protesta;
pero no podrán, mi Salvador.

¡Judas!, y con tu beso traidor
lo entregaste al tirano extranjero;
mas, no podrás con mi Salvador.
 
¡Pilatos, crees que me sorprendes?,
lavas tus sucias manos con sangre,
con la sangre de mi Salvador.
 
Muerte y resurrección,
caerse y levantarse:
¡eres ejemplo, mi Salvador!

 

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(1) Fue escrito en la década del ochenta y publicado en la página 49 de la revista Época Socialista 1(5).

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Romances al dios guerrero (1)

 

Autor: Nadie


                                                     Romance primero:

                                                “Respóndeme, ¡oh, Febo!” (2)


                                                                  I 

Para que Caliope calle
por la orden del dios Febo,
uno puede darse cuenta
de que éste tiene celos
que se narre la gran fama
que logró el dios guerrero;
Marte para los romanos,
Ares para los grïegos.
 
 
                II 
Por ende, le digo a Venus
que me cuente el suceso
en el cual Marte estaba
con el cariño ajeno,
y contaba con lascivia
al hundirse en los pechos
de los que el dios Vulcano
era el único dueño.
 
                III 
Mas el dios de los metales
era también dios del fuego,
y al encontrarlos metidos
a los ruines en el lecho,
en una red los cogió
y llevóselos envueltos
al Olimpo, y miraron
los dioses aquellos hechos.
 
                IV 
Y la diosa del amor
calla al mundo entero
todo lo que sucedió
en esos viles momentos
que gozó con la ternura
del que tiene el talento
de cogerla como suya
sin poseer el derecho.
 
                V 
También, aquella belleza
calla antiguos deseos
del que a la guerra tiene
como su único credo,
del que legó ese arte
de los tiros tan certeros
a su pequeño Cupido
que no era nada bueno.
 
                VI 
¡Oh, Apolo!, te imploro
que te retires a Delfos
y déjanos el Parnaso
como si fuera el templo
de los guerreros poetas
o los poetas guerreros
que un día muy lejano
ya ha cantado Homero.
 
                VII 
La hora de Marte llega,
muchos están de acuerdo
que, con belleza, se cante
todo lo que éste ha hecho.
Y, para ello, Erato
a la lira va tañendo
con las dulces melodías
que despiertan los recuerdos.
 
                VIII 
Ya es hora de soñar
este asombroso sueño,
con fatigas, con sudores,
con trabajos y esfuerzos;
es el momento, también,
de relatarles un cuento
que se hizo muy famoso
por dejar siempre lamentos.
 

   Romance segundo:
   “Acerca de Marte” (3)
 
                I 
Ella canta con tablillas
entre todas las deidades,
y ahora la acompaña
la lira que otra tañe.
Febo se ha retirado
para que esta Musa cante
los sucesos más famosos
de la vida del dios Marte.
 
                II 
En la silla de Vulcano
se sentó Juno, su madre,
y se creó un gran pánico
al no poder levantarse.
Júpiter dará la mano
de Venus para quien trate
de liberar a la diosa
de la situación tan grave.
 
                III 
Fue primero el dios rojo
quien intentó con su arte
a la diosa aliviar
de aquellos malestares.
La espada y la lanza
no obtuvieron la clave,
y se retiró frustrado
con la rabia que le nace.
 
                IV 
Y las burlas de Minerva
no hay quiénes se las callen,
el feo ha conseguido
que Venus con él se case.
Él recibe las caricias
que otros dioses soñasen,
cree que vive seguro
por tener lo que le place.
 
                V 
Marte no está tranquilo,
ahora espera vengarse
de quien ganó el amor
que él primero desease.
Llega con Venus al lecho
sin que el zurdo se percate,
de esta manera logra
ser uno de los amantes.
 
                VI 
Y el giboso Vulcano
ha encontrado el ultraje,
se los llevó al Olimpo
en tan sólo un instante.
Y vivió este dios rojo
el ridículo más grande
que puso en mal estado
su miserable imagen.
 
                VII 
No es el tiempo aún
de que este canto acabe,
piensen en los argonautas
que navegaron los mares
con Jasón, y el vellocino
de oro hurtar, sin alarde,
pero todos conocemos
que fue en el bosque de Marte.
 
                VIII 
La ira de este dios
no existe quien la aplaque,
él ya ha determinado
a toda costa vengarse.
Y a los humanos les dice
que el pago es con sangre,
ya que así se aplaca
a su enojo salvaje.

 
    Romance tercero:
 “Los hijos de Marte” (4)
 
                I 
Pues aquí están los hijos
que al mundo ha enviado
el mencionado dios rojo
para poder devastarlo.
Ellos están muy alegres
al ver la Tierra sangrando
por las espadas y lanzas
con que cargan los soldados.
 
                II 
Clío viene en mi ayuda
para poder mencionarlos:
uno es el rey Darío;
el siguiente, Alejandro,
y, al último, va César;
ellos son los que llegaron
a este mundo y creen
que son los únicos amos.
 
                III 
Las huestes del rey Darío
al Egeo lo cruzaron,
pero en Maratón perdieron
contra unos griegos bárbaros.
Su reino dejó a Jerjes
porque debía vengarlo
con el más grande ejército
de reinos no soberanos.
 
                IV 
Jerjes pasó por el Ponto
como si fuera un vado,
y al mar lanzó los látigos
para calmado dejarlo.
Y marchaba con guerreros
que seguían cortesanos,
y en los campos de batalla
ser aliados, olvidaron;
sólo por aquellos hechos
hoy lo estoy mencionando.
 
                V 
El Filósofo fue el ayo
del pequeño Alejandro,
del niño que aprendió
en sus ulteriores años
que todo es fetichismo,
también lo conquistado,
ya que las Parcas lo ponen
todo en ajenas manos.
 
                VI 
Y la simple tifoidea
como muestra ha dejado
para todos los mortales,
que apenas fue un humano
el pequeño que conocen
como Alejandro Magno,
del cual hoy nadie reclama
ni el trono ni su legado.
 
                VII 
César fue un legionario
que derrotó a los galos,
su nombre es conocido
hasta entre los hispanos.
Y por el Mediterráneo
el águila fue elevando
con las espadas y lanzas
de guerreros que eran bravos.
 
                VIII 
Aunque todas sus conquistas
no sirvieron al Senado,
donde los romanos nobles
con furia lo apuñalaron.
Y su nombre permanece
con los hechos registrados,
donde narran las conquistas
y sucesos muy extraños.
 

            Epílogo (5) 
Ha llegado el momento
de terminar este canto
donde se narra la trama
que Eris dejó de legado
a los hombres, con lamentos,
a los dioses, con relatos
belicosos, y a todos,
con entuertos de teatro.



(1) Este poema fue recientemente acabado, aun cuando la mayor parte fue escrita en una época lejana, luego se terminó y se presentó a una revista para su publicación, pero lamentablemente esta revista dejó de publicarse.
(2) Fue escrito el lunes 11 de octubre de 1999.
(3) Fue escrito el martes 12 de octubre de 1999.
(4) Fue escrito el miércoles 13 de octubre de 1999, pero las dos últimas estrofas fueron creadas el sábado 16 de enero de 2021.
(5) Fue escrito el sábado 23 de enero de 2021.




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                             Recordando a Susana [1]



                                                                        Autor: Nadie

                                                        
                                                        Exordĭum

                                                                I

                                                Estoy en la cruel penumbra

                                                de un frío calabozo

                                                que como a cadalso gozo

                                                porque nadie me alumbra.

                                                               II

                                                ¿Este es el lugar, acaso,

                                                de miseria y pereza

                                                donde casi nadie reza

                                                porque llegó el ocaso?

                                                               III

                                                En el umbral, yo escucho

                                                algún ¡cataplum! que suena

                                                y la caterva, con pena,

                                                dice: ya no río mucho.

                                                               IV

                                                Ella culpa a la razón

                                                por su mísera existencia;

                                                ella tiene una vivencia,

                                                no sabe del corazón.

                                                                       

                                                                V

                                                Pero en este ambiente

                                                ya se siente la ternura,

                                                ella llega con dulzura

                                                que hace que me caliente.



                                                     Capítulo I: Anĭma

                                                                VI

                                                Esta es mi cansina alma,

                                                la que paciente escribe

                                                los sucesos que recibe

                                                de una vida sin calma.

                                                                 

                                                                VII

                                                Ella no se desespera,

                                                descubrïó sin la ciencia

                                                tener solo la paciencia,

                                                aquella que solo espera.


                                                                VIII

                                              La espera no lastima

                                              y encontrándome en la sima,

                                              yo, estando lejos de Lima,

                                              lo digo con esta rima.

 

                                                                IX

                                              Aquí descubro un clamor,

                                              con espera, con paciencia,

                                              que la técnica y la ciencia

                                              no son nada sin su amor.

 

                                                                X

                                              Descubro el amor en ella

                                              y que eso no lastima,

                                              hoy digo con mucha estima

                                              que Susana es muy bella.

 

                                                                XI

                                              ¡Susana!, ella es mi Musa,

                                              la que asalta de repente

                                              a mi afiebrada mente

                                              y a mi humanidad usa.

 

 

                                                    Capítulo II: Desiderĭi


                                                                XII

                                                Era tu tierna mirada

                                                la que mi secreto oteaba

                                                y era tu forma delgada

                                                lo que mi mirar deseaba.

 

                                                                XIII

                                                Mi coleto desarmabas

                                                con tus negrísimos ojos

                                                y a mi cuerpo tú besabas

                                                con tus dulces labios rojos.

 

                                                                XIV

                                                Tu azabache cabellera

                                                es como la oscura noche

                                                que un amante espera

                                                para amar sin reproche.


                                                                XV

                                                Sin que descubras tu velo,

                                                yo te vigilo y acecho,

                                                y por solo ver tu pelo

                                                deseo dormir en tu lecho.

 

                                                                XVI

                                                Para mi deseo azuzar

                                                te descubriste de hecho,

                                                di que tengo que cruzar

                                                para llegar a tu pecho.

 

                                                                XVII

                                                Y a tu suave piel canela

                                                que de púrpura alfombraba

                                                como un dios que anhela

                                                el bien que ayer cosechaba.

 

                                                               XVIII

                                                Y ante tan bellas armas

                                                a la defensa no acojo,

                                                pues si tú no me desarmas,

                                                tus caricias no recojo.

 

                                                             Epilǒgus


                                                                XIX

                                                Ahora deseo tu negrura,

                                                como ayer, cuando soñaba;

                                                ahora deseo tu ternura,

                                                como ayer que te amaba.


 

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[1] Se terminó escribir el 24 de febrero de 1999.



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La paloma y el niño[1]

 

                

            Autor: Nadie


 

I

El suave viento

tiene su melodía

cuando travieso

silba con simpatía;

juega el niño

con el polvo del día,

haciendo mitos,

haciendo poesía.

 

II

Una paloma,

en la mañana fría,

hacia la loma

dirige su alegría;

donde Natura

cuida, en plena sequía,

a sus criaturas

con gran sabiduría.

 

III

Y la paloma

se vio en tierra baldía

con sangre roja

que del pecho salía;

y con la honda

el niño la veía

como una cosa

que muriendo gemía.

 

                  IV

Maravillosa,

esta historia sería,

si la paloma

siguiera en su vía;

y si aquel niño,

en la hora vacía,

dejara al pillo

para esa fechoría.

 



[1] Se terminó escribir el sábado 8 de enero de 2000


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Pedro, el chacarero



Autor: Nadie



Pedro en el cañaveral[1]

 

¿Acaso piensas anciano

que el párroco de tu pueblo

te puso ese nombre como

homenaje al apóstol?

 

Y Pedro no me contesta,

él solo mira el viento

que sopla, y soplando juega

unos caprichosos juegos.

 

Bajo la sombra de un árbol

observa cómo se rinde

el cañaveral al viento.

 

Los años pasan marcando,

Pedro, y te dejan joroba,

callos y la piel marcada.

 

 

 

Pedro y la nostalgia[2]

 

Sentado sobre un árbol,

está Pedro descansando.

fuma un largo tabaco

hecho por su propia mano.

 

Desde allí, muy tranquilo,

mira el cañaveral,

también el algodonal;

todo, propiedad del Misti.

 

Hoy, su cabello es cano

y presiente que ya vienen

los asquerosos gusanos.

 

Y lo asaltan recuerdos,

muchos de ellos muy lejanos,

como el del primer beso.

 

 

 

Pedro y el primer amor[3]

 

Los besos de la Lucinda

fueron bellos, fueron tiernos,

pero no te prometían

el juramento eterno.

 

Duraron muchos veranos

esas caricias prohibidas,

y la niña fue pecado

por su familia distinta.

 

Los fulgores del amor

acabaron con el tiempo,

y la moza se marchó

con el juego descubierto.

 

Hoy lloras esa pasión

fumando un tabaco negro.

 

 

 

Pedro y la realidad[4]

 

Te fuiste donde la Rosa

para llorar tus desdichas;

ella, como buena chica,

te dio su amor… la muy zonza.

 

La dejaste por la Juana,

muchacha maravillosa;

y aunque un poco bochornosa,

te entregó su cuerpo y alma.

 

Te tuviste que casar

con esta mozuela pura

que aprendiste a amar

desde que los unió el cura.

 

Solo supo trabajar

y parir a tus criaturas.


Pedro y su destino[5]

 

Tus ojos están cansados

de mirar tierra enferma,

tu cuerpo está cansado

de arar la tierra ajena.

 

Sientes que has terminado

cumpliendo con tus tareas

porque lo mejor has dado

viviendo penas eternas.

 

Te sientes abandonado,

presientes que se acaba

tu tiempo, Pedro hermano.

 

Recién te percatas, Pedro,

que se te puso el nombre

para que aquí sufrieras.

 



[1] Sábado 8 de enero de 2000

[2] Sábado 8 de enero de 2000

[3] Sábado 8 de enero de 2000

[4] Domingo 9 de enero de 2000

[5] Lunes 10 de enero de 2000



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Versos para Mónica[1]

 

Autor: Nadie



 I

Pongo música de Piero,

enciendo mi cigarrillo,

cojo la taza con té

porque hoy no tengo café.


 

II

Fumo y escucho mientras bebo

-desde el caliente a lo frío-

aquella taza de té

porque hoy no tengo café.


 

III

Hoy no tengo cenicero,

la ceniza está en el piso;

la taza sin té también,

¿los motivos?, no lo sé.

 

IV

Es la hora de los recuerdos,

busco tu carta, ¡no olvido!,

busco la hoja de papel

para recobrar la fe.

 

V

La encuentro, sin prisa leo;

viene el calor, el abrigo;

Mónica, ya desperté,

desperté… nadie me ve.

 

VI

De los ojos de mi cuerpo

brotan lágrimas de niño:

¡qué hermoso lo nuestro fue!,

¡qué hermosa amistad de ayer!



[1] Sábado 1° de julio de 2000.


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De fato[1]

 

                                         Autor: Nadie


Orfeo

 

¿Qué pretendes al seguir

el camino de Orfeo?;

mira que le fue muy feo,

¡nada pudo conseguir!

 

La señal de toda muerte

la dará Dios o los dioses,

por lo tanto, ya no oses

escaparte de tu suerte.

 

La fortuna que nos viene

y que nunca se detiene

es la muerte que nivela.

 

No es bella ni horrible,

solo se muestra terrible

a la gente que nos vela.

 

 

  

Apuesta
 

Vive el hombre cansado

de explicar las voluntades,

cree que llegando al Hades

se ganará lo pensado.

 

Fábrica es esta vida

de dolor y de pobreza

y de amor con tristeza

que este ser lo olvida.

 

Recuerda hombre cansado

que aún no has ganado

ésta, tu magna apuesta.

 

Todo lo que has pensado

nunca será alcanzado,

¡va por la orilla opuesta!

 

 

 

El hijo de Marte

 

Este fue su vil destino

desde que aquél nació

hasta cuando se murió

porque anduvo sin tino.

 

Nadie jamás le cantó

por ser el hijo de Marte

y porque con su mal arte

toda la vida obró.

 

Vimos cómo disfrutaba

cuando con Eris tramaba

en un malicioso juego.

 

Pero ahora es muy tarde

ya que esta Tierra arde

con su rojísimo fuego.

 

 

 

Soledad cetrina

 

Para aquel que lea no se ría
quiero, de la manera más sincera,
contar a la humanidad entera
una historia que fue cosa mía.


Sin que jamás nadie se enterara
quise tirar dentro de la letrina
a ésta, mi soledad cetrina,
como si fuera una cosa rara.


Pero llegado el banal momento
me quedé sin mi célebre talento
y tuve que dejarla a su suerte.
 
Atormentado, lo juro, no miento,
y esperando, con remordimiento,
me alcanzó, con ella, esta muerte.


 



[1] Viernes 1° de octubre de 1999


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Con la oscuridad[1]

Autor: Nadie


I

Has llegado con la oscuridad,

estrella de mi vida,

radiando tu luz de divinidad

por mí siempre querida.

 

II

Has llegado con la oscuridad, 

oscuridad temida,       

para alumbrar con toda claridad

la Natura escondida.

 

III

Has llegado con la oscuridad,

libélula  perdida,

en el ciego Universo sin piedad,

sin amor y sin vida.

 

IV

Has llegado con la oscuridad,

te muestras atrevida

para ingresar con facilidad

en el alma elegida.

 

V

Has llegado con la oscuridad,

para curar mi herida

y hacerme brotar la felicidad,

la que estaba dormida.

 

VI

Has llegado con la oscuridad,

estrella de mi vida,

radiando tu luz de divinidad

por mí siempre querida.

 

VII

Has llegado con la oscuridad,

luciérnaga encendida,

derramando con tu luz la bondad

que debe ser cogida.

 

VIII

Has llegado con la oscuridad,

tu luz no es fingida;

por ello eres mi única deidad,

eres mi preferida.

 

IX

Has llegado con la oscuridad,

y tu luz permitida;

ilumina y despierta mi ansiedad,

por cabalgar sin brida.

 

X

Has llegado con la oscuridad,

y tu antorcha prendida

arroja de este mundo la maldad,

con la que estás reñida.




[1] Fue escrito el miércoles 3 de mayo de 2000.



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Como siempre, no me cansas[1]

 

 Autor: Nadie


Cómo duele no saber de ti
Cómo duele no verte ya
Cómo duele  no oír tu voz
Cómo duele no ver tu rostro de porcelana
Cómo duele decirte adiós
Cómo duele vivir sin esperanzas.

Siempre fuiste fuego que quema
Siempre fuiste arrebato violento
Siempre fuiste herida abierta
Siempre fuiste grito iracundo
Siempre fuiste de ideas afiladas
Siempre fuiste de irónica pluma.

No me cansan tus justos reclamos
Tampoco dormitan en mí tus sueños menores
Que reflejan en los altiplanos temblores
La Luna soñada de juegos de amores
Sin sexo, sin morbo y sin pecado
Pero con promesas incumplidas y sueños rotos.

Culpables no existen en nuestra historia raída
Existen  solo protagonistas de vidas encontradas
Con heridas en el cuerpo y el alma
Que no hallamos cura en el tiempo y el espacio
Que no sanamos con gestos, palabras ni besos
Aunque nos amemos sin cansancio de mil maneras.

 


[1] Escrito el 19 de agosto de 2021 en La Paz, Bolivia.

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Décimas

 

 

 

Reproches[1]

 

Siempre me lo dices triste,

con esa melancolía

que nos mata noche y día.

¿Tú crees que lo perdiste

todo cuando me elegiste?

Pero debes saber algo

aunque sé que nada valgo:

“El amor es trago amargo

por ser un camino largo

del cual conocemos algo”.

 

 

Sin mentiras[2]

 

Con mil justificaciones

me dices que ya te vas,

que ya no aguantas más.

¡Guarda tus explicaciones

para otras ocasiones!

Si apostamos al amor

con inocente candor

fue para no separarnos

y toda la vida amarnos

sin mentiras, ¡por favor!

 

 

Los chiquillos[3]

 

Eras los simples motivos

de aquellos versos sencillos

con sus rostros muy altivos,

pero de ti eran cautivos.

Ellos estaban unidos

como viejos conocidos

y hacían siempre rencillas

de las cosas más sencillas

para captar tus sentidos.

 

 

 

Tu suicida[4]

 

Un corazón destrozado

sangra cuando oye la lira

y busca, solo, la pira

para morir abrasado

antes que desconsolado.

Ya debes saber, querida,

que para vivir la vida

sin el bien de tus amores,

son mejores los ardores

del infierno por suicida.



[1] Sábado, 15-01-2000

[2] Domingo, 16-01-2000

[3] Lunes, 17-01-2000

[4] Lunes, 17-01-2000

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Simplemente, Madre[1]

                                    Autor: Nadie

 

 

Madre,

todo el cariño que por ti siento

no es lisonja banal ni barata.

 

Madre,

tú que pariste, con dolor, tus hijos,

¿son esas siete criaturas la cuota

suficiente para alcanzar el Cielo?

 

Madre,

fuiste y eres sencilla, tan sencilla;

fuiste y eres humilde, tan humilde;

fuiste y eres humana, tan mundana,

porque perteneces a este mundo.

 

Madre,

sólo te ofrezco estas palabras

tan simples como las de los obreros,

parcas como las de los campesinos

e ingenuas como las de los chiquillos;

mas son palabras que salen del alma.

 

Madre,

hoy que se me acabaron contigo

esas dulces rimas al son del ritmo,

hoy, sé que eres una Eva cansada

y lastimada por los crueles años.

Hoy, contra toda lógica, deseo

que no mueras, vida que diste vida.

 

Madre,

a Dios, a Natura y a la vida misma

les ruego que te den vida eterna.

No eres sustantivo ni adjetivo,

tampoco fiesta con regalo fino;

fuiste nieta e hija dando alegría,

eres madre y abuela… diste vida.

Nieta, hija, madre, abuela: ¡mujer!

 

Madre,

soy tu hijo y tengo miedo, mucho miedo,

de perderte cuando llegue mi otoño,

y por eso tengo miedo de todo.

Y con ese temor vienen recuerdos

que me estremecen como un terremoto.

Ya no soy el niño que te prometió

portarse bien y traer buenas notas,

comer su papa o tomar la sopa.

 

Madre,

ahora soy un adulto, todo un hombre,

que tiene muchas penas que llorar

y bastante pecados que saldar.

Soy un hombre que sigue siendo tu niño,

aquel que lloraba en tu regazo

sintiendo tus palmadas en el pompis

y, después, tus caricias en mi pelo.

Soy aquel que te sacó tantas canas

coludido con el amo del tiempo.

 

Madre,

eres Virgen que lloras de verdad;

Virgen de pelo negro y tez morena,

con ojos rojos y húmedas mejillas.

A la Virgen que parió siete veces,

le pido perdón por aquellas lágrimas

que vertió en el cáliz de la vida.

A la Virgen que parió siete veces,

y cargó su cruz muchas veces más,

le pido perdón por el sufrimiento

inefable de tenerme como hijo.



[1] Jueves, 04-05-2000

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Cuarto soneto: Navidad[1]


Autor: Nadie


Las campanas suenan en Navidad

recordando la hora de la cena

y un humano con la barriga llena

agradece por su felicidad.

 

También, en mayúscula actividad,

aparece la conocida escena

de los que se van, sin gloria ni pena,

mendigando un pan a la humanidad.

 

Corazón, si es que lo tienes humano,

sé fraterno con este pobre hermano

que en su vida no conoce la dicha,

 

solamente sabe lo que es el hambre

cuando le aparece el simple calambre

que regula, como ley, su desdicha.



[1] Jueves, 04-11-1999


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